domingo, 1 de septiembre de 2013

            Giré la llave despacio y empujé suavemente la puerta. Por la rendija se colaron los últimos restos del aroma a café que cada mañana envolvía la casa. La puerta se cerró de golpe tras mi paso y me dejó sola en aquella fría habitación. Todo estaba oscuro. Abrí las ventanas, pero fuera el día era gris, y las gotas de lluvia forcejeaban contra la fuerza del viento para colarse en el salón. Destapé el piano. El roce de mis dedos con las teclas hizo emitir un sonido casi agónico que congeló mi cuerpo. Volví a cerrarlo. Ni tus gafas ni tu reloj estaban ya sobre la mesa.
           
            Mi respiración era lenta y superficial, apenas audible.

            Me dirigí hacia el dormitorio. El armario estaba vacío. Recorrí con mis dedos cada uno de sus rincones, abrí uno a uno los cajones y volví a cerrarlos. No había camisas ni pantalones. No había zapatos. Nada.

            Mis ojos empezaron a humedecerse y la habitación se cubrió de una espesa niebla. Tuve que apoyarme sobre la pared para no caer, pero mis piernas se debilitaron y resbalé hasta topar con el suelo. Abracé con fuerza mis rodillas y permanecí allí durante horas. Por mi cabeza danzaban felices los recuerdos de días pasados …

            Vuelve …



lunes, 5 de agosto de 2013

Otra vez había vuelto a despertarme la misma pesadilla que noche tras noche se colaba en mi cabeza … Encendí la luz, la almohada estaba empapada, pero en mi cara no había ni una sola lágrima, una vez más, las habías secado, como cada noche, sin que yo me diera cuenta …
El miedo a quedarme dormida se apoderó de mí e intenté mantenerme distraída. Cogí el libro que había dejado en la mesita. Una página, dos, tres, … Miré el reloj, quedaban casi cinco horas para levantarme. Salí al comedor y me tumbé en el sofá. La luz de las farolas se colaba por la rendija de la ventana. Algo suave rozó mi cara, mi cuello, mis brazos, … Empecé a acurrucarme. Las caricias eran cada vez más intensas y el contacto de tu piel con la mía hizo que me estremeciera. Me dejé caer sobre tu cuerpo, mientras me susurrabas algo al oído. Mis párpados empezaron a pesar demasiado, intenté sujetarlos con fuerza, pero resultó imposible. El miedo había huido y una sensación de paz invadía todo mi cuerpo.

El agua se deslizaba a través de los canales, recorriendo jardines llenos de flores. Fuentes, columnas, arcos, techos, … Palacios llenos de historia, miles de corazones latiendo aún entre aquellas paredes …
Dos copas de vino esperaban pacientes en la mesa, mientras nuestros pasos se deslizaban lentamente sobre el parqué. Un acordeón, un violín … Mis ojos grababan con fuerza la belleza de tu sonrisa. Hacía tiempo que no me sentía tan bien.

Volviste a acariciarme la cara, a recogerme el pelo.

Era una cálida noche del mes de julio. A un lado ella, con sus imponentes torres, al otro lado tú … La luna se deslizaba entre las nubes, mientras me embriagabas con tu apasionante voz …
No me dejes despertar, quiero volver a escuchar aquel piano mientras acaricio tus dedos, quiero ver esas estanterías llenas de libros una y otra vez, quiero hacer girar el tocadiscos tumbada a tu lado…

-          Descansa mi niña, éste es sólo el comienzo de un largo sueño …

viernes, 29 de marzo de 2013


El sonido de miles de cristales golpeando contra el suelo de la cocina consiguieron sacarme, de un golpe, del estado de ensoñación en el que me encontraba. Estaba tan acostumbrada a estar sola en casa que cualquier ruido diferente al que producía el sistema de engranajes del ascensor, despertaba en mí cierto desasosiego.
            Con pasos temblorosos recorrí los escasos metros que me separaban de la cocina. La ventana estaba abierta, la fuerza del viento la había hecho golpear contra el jarrón de cristal. Las rosas esparcidas por el suelo, el agua deslizándose entre las baldosas, alcanzando, casi, mis pies desnudos. Intenté cerrar la ventana, pero no pude. Miré hacia fuera, todo estaba oscuro, los árboles sacudían sus ramas ferozmente.

Habías estado allí, otra vez habías vuelto.

Salí a la calle y empecé a caminar. Apenas podía distinguir bien el sendero del bosque. De vez en cuando, la luna salía de entre las nubes. Al principio no lo noté, pero poco a poco la humedad del suelo iba calando mis pies y entumeciendo mi cuerpo. Aparté varias de las ramas que se cruzaban en el camino y logré abrirme paso entre ellas. El viento chocaba fuertemente contra mi cuerpo débil, me agarré con fuerza al tronco de un árbol y permanecí así hasta que mis músculos se fueron relajando y me hicieron resbalar hasta tocar el suelo. Una pequeña herida en la mejilla. Traté de levantarme, pero mi vestido se enganchó y volví a caer. Casi no podía sentir mi cuerpo, tenía los pies ensangrentados y la cara llena de lágrimas.

No debiste venir, nunca debiste acercarte.

Tenía que salir de allí. De un tirón rajé el trozo de vestido enganchado y volví a ponerme en pie. Empezaba a amanecer y el viento había ido amainando. Sequé mis lágrimas y retomé el camino. Un paso tras otro. Apenas sentía dolor, mis piernas volvieron a recuperar su fuerza. El primer rayo de sol empezaba a colarse entre los árboles, rozando suavemente mi cara. 

Ya no estabas allí, no permitiré que vuelvas.

Llegué a lo más alto del acantilado y me senté en una roca. Las olas del mar se aproximaban sigilosas a la orilla, cubriendo dulcemente la arena de la playa. El fuerte viento de la noche anterior se había convertido en una agradable brisa. No escuché tus pasos aproximarse, sólo sentí la calidez de tu abrigo cubriendo mi espalda y tus manos acariciando mi cara con ternura. Me estremecí. Llevaba tanto tiempo         esperándote … 


lunes, 21 de enero de 2013


Una pequeña brisa perturbó el acompasado baile de la llama del fuego, haciéndola oscilar, titubeante, en varias direcciones. Mientras, la aguja recorría sigilosa los surcos del disco que había comprado el día anterior. Recogí mi pelo torpemente y abroché los botones de una chaqueta ya gastada por el tiempo. 
La taza se deslizaba entre tus dedos, apurando la última gota de café. Había pasado tanto tiempo …
Me senté en el sofá, apoyando la cabeza sobre tu hombro, mientras tú cubrías mi cuerpo helado con una manta.
Poco importaban el aire que trasladaba las hojas de un lado a otro del parque, las voces de los niños que corrían alrededor de la fuente o el ladrido de los perros …
- No digas nada, deja que las dulces notas de esta sonata se cuelen en mis oídos mientras siento el calor de tu cuerpo junto al mío. No permitas que tus labios dejen escapar esas palabras … Mañana volverán las luces, mañana saldremos de nuevo a la calle, tú a tu vida y yo a la mía, fingiremos incluso no habernos conocido nunca. Pero hoy no, hoy estamos solos, tú y yo …- 

miércoles, 10 de octubre de 2012


Abrí los ojos de golpe, todo estaba oscuro a mi alrededor. La humedad se colaba por cada grieta de la habitación. Intenté levantarme de la cama, pero mis piernas comenzaron a tambalearse y tuve que agarrarme antes de acabar desplomada en el suelo. La lamparilla desprendía una tenue luz, casi tenebrosa. Me envolví en la manta roja que cubría la cama y me dejé arrastrar hasta la ventana. Mi cuerpo pesaba como si sobre él hubieran depositado toneladas del metal más pesado. La madera chirrió y de pronto todo se iluminó. Las motitas de polvo flotaban en el ambiente, ajenas al desorden. Me senté en el hueco de la ventana. Había vuelto a nevar, era la tercera vez en lo que iba de semana. La verja estaba abierta, con la mirada seguí la dirección de las huellas que había en el camino. Sus pequeños pies…, seguro que Hugo había vuelto a colarse en el jardín mientras yo dormía. Adoraba a aquel niño, me encantaba sentarme con él y contarle miles de historias sobre bosques encantados, animales feroces y seres fantásticos que él escuchaba con tanta atención que parecía estar viviéndolo en ese mismo instante. A veces me preguntaba si lo hacía por complacer a Hugo o si era yo la que realmente necesitaba escucharlas. 
Miré hacia la habitación. De la percha colgaban mi abrigo y el gorro de lana que Paula me había regalado por mi cumpleaños. Junto a ella había una mesa pequeña sobre la que descansaban, apilados, decenas de libros.
Traté de acomodar la manta a mi cuerpo. Estaba helada y sentía como si alguien apretara mi cabeza contra la pared. De nuevo, la habitación comenzó a borrarse …  

miércoles, 22 de agosto de 2012


El suave tintineo de la campanilla anunció su llegada.  Julia se quitó los guantes mientras esperaba     que tras el mostrador apareciera, como cada día, el señor Martín. 
-          ¡Buenos días, señorita Julia! ¿Qué va a ser, lo de todos los días?
-          Sí, señor Martín, me niego a dejar de saborear sus bollos de pan crujiente, ya sabe usted que son mi perdición.
-          Usted siempre tan atenta señorita Julia. Pues he oído decir por ahí que no se le da mal la repostería, quizás podría echarnos una mano.
-          ¡Uy!, dudo yo que la calidad de mis dulces se atreva siquiera a mirar de lejos a los suyos.
-          Bueno, eso habría que verlo. Aún así, si se cansa de trabajar siempre frente a su máquina de escribir, en esas oficinas repletas de libros y papeles, no olvide mi oferta. 
Julia sonrió, no era la primera vez que el señor Martín le ofrecía trabajo en su panadería.
-          Lo tendré en cuenta, señor Martín. ¡Muchas gracias y hasta mañana!

Adoraba al señor Martín, lo conocía desde que era pequeña. Cada mañana, iba con su madre a recoger el pan a la vuelta del colegio y, no eran escasas las ocasiones en las que le regalaba magdalenas cubiertas de chocolate recién hecho.   
La casa de Julia no quedaba muy lejos de la panadería, apenas dos calles más allá, pero el fuerte viento y las gotas de lluvia que empezaron a caer, hicieron que el camino pareciera eterno. Giró la llave y la puerta se abrió, dando paso a un pequeño recibidor. Un agradable aroma a canela envolvía la estancia. El día anterior, Julia había estado preparando galletas. Tal y como había dicho el señor Martín, era una amante de la repostería y, siempre que tenía tiempo libre, se metía en la cocina y preparaba cualquier cosa que se le ocurriera.

-          No sé para qué hago esto – decía al terminar – ¡ahora quién se lo va a comer!

Desde que su madre murió, Julia vivía sola en un pequeño piso antiguo, pero siempre se había sentido como en familia. Justo enfrente de ella vivía Clara, una anciana adorable que rondaba los ochenta y cinco años, pero que parecía tener menos de treinta. Clara tenía una hija, pero se negaba a abandonar su casa, le gustaba saber que aún podía hacer las cosas por sí misma, sin ningún tipo de ayuda. Más arriba, en el quinto piso, vivía un matrimonio joven con dos pequeños de cuatro y seis años, Pablo y Quique. A Julia le encantaban los niños, siempre que podía jugaba con ellos y los llevaba de paseo.

Cuando terminaba de cocinar, repartía los dulces entre los pequeños y la señora Clara.
-          Si sigues alimentándome así de bien, acabaré por no poder pasar por la puerta – decía la señora Clara.
-          No exagere, Clara, usted está estupenda, siempre lo ha estado.

Clara era una mujer de estatura más bien baja, pero muy delgada. Tenía el pelo blanco y bastante abundante, siempre lo llevaba muy bien peinado. Sus ojos eran de un azul tan profundo que parecía como si al mirarlos, un trocito de mar se estuviera exponiendo ante ti.
Algunas tardes, iba a casa de Clara a tomar el té. La casa era muy acogedora,  estaba llena de todo tipo de plantas, pero Julia tenía su rincón preferido en ella. Era una especie de hexágono que se prolongaba al fondo del salón, completamente rodeado de grandes ventanales de madera blanca por donde se colaban los rayos del sol en los días de primavera, con una gran multitud de plantas. Pegado a uno de los ventanales había una máquina de coser. Había pertenecido a la madre de Clara muchos años atrás, pero tras su muerte pasó a ser suya. En el centro del hexágono, una mesa de hierro blanca, con sus sillones a juego, donde pasaban las horas conversando, o simplemente observando la ciudad que se extendía a sus pies mientras sus tazas humeaban y el dulce sabor a galletas o bizcochos recién hechos despertaba sigilosamente su  paladar …   
( … )

domingo, 22 de julio de 2012


Ya no puedo hacer nada, ahora no, no es el momento. Tampoco lo hice antes, dejé pasar los días, como si no hubiera nada que perder, como si lo que más añoraría después no estuviera en juego. Me dediqué a soñar, a imaginar lo que no era capaz de conseguir, o mejor, lo que pensé que no estaría a mi alcance. Cuando me di cuenta de su proximidad ya era tarde, otra vez había vuelto a perder la partida …