jueves, 17 de septiembre de 2015

Dejad que la luna me bañe de plata e ilumine mi rostro.
Dejad que en mis oídos resuenen sus zapatos, que su taconeo atraviese las tablas y mis pies sigan el ritmo de sus pasos.  
Dejad que vea al sol posarse en sus balcones y a los pajarillos cantarles a sus fuentes.
Dejad que el sonido de su guitarra se mezcle entre volantes de colores.
Dejadme pasear sus calles y que el olor a jazmín inunde mi alma.
Dejad que la admire esta serena noche, que mis ojos recorran sus jardines, sus luces, y que el frescor de sus aguas calme este fuego que me arde por dentro.
Dejadme que llore, que hoy he vuelto a verla.
Pero no sequéis mis lágrimas que no es pena lo que siento, sino alegría y grandeza por estar a su vera.
Y cuando me vaya, decidle sólo una cosa… ¡Qué la echo de menos!


viernes, 17 de abril de 2015

             El cielo vestía de un gris oscuro, casi negro. El viento azotaba con fuerza las ya desnudas ramas de los árboles. Allí estaba él o quizás ya tan sólo un espectro de lo que había sido. Sus tejas apenas se sostenían y los palos de madera que las sujetaban habían dejado de tener fuerza. Sus brillantes paredes eran ya tan solo abrigo de humedades y hollín. Pero tú seguías dentro, te arrastrabas despacio por el escenario, tropezando y volviendo a levantarte, representando una función que nuca debió comenzar, una escena que no fue escrita para ti.
            Los caminos eran escarpados y el frío me cortaba la cara. Nadie te había visto, nadie conocía aquel teatro. Pero yo sabía que existía y que tú estabas dentro.
            Por las ventanas ya no entraba luz, se habían cubierto de telarañas y de hojas secas. Tus piernas pesaban más cada día, no te gustaba aquella obra ni aquel escenario, pero la función no llegaba a su fin.
            Seguía perdida, vagando por las calles, girando en cada esquina, recorriendo largas avenidas desiertas, donde el único ruido que se escuchaba era el del motor de un coche a toda prisa. Nadie me escuchaba, nadie quería mirarme ni decirme dónde estabas.
            Las maderas de aquella puerta crujieron y el estruendoso ruido te hizo volver la vista. Eran ellos sí, y habían venido a buscarte. Cientos de peldaños te separaban de la puerta, no sabías si serías capaz de llegar. Desataste las cuerdas que te amarraban con fuerza a aquella silla y bajaste del escenario.
            Todos los caminos me llevaban al mismo sitio. La desesperación y las lágrimas empezaron a apoderarse de mí, necesitaba verte, recordarte las noches de verano contando estrellas, necesitaba decirte que me encantaba dormir mientras tú leías en la cama, quería verte sonreír de nuevo y que me enseñaras a correr …
            Los peldaños eran cada vez más altos y tus piernas débiles, pero estabas decidida. Ellos no podían bajar, pero te sonreían en la distancia, estaban muy orgullosos de ti y sabían que era tarea tuya llegar hasta allí.
            Había dado mil vueltas por el mismo sitio, pero nunca había pasado por aquella calle. Era estrecha, de trazado tortuoso y suelo húmedo. Comencé a seguirla despacio, ayudándome de las rejas de las ventanas para no resbalar. Nada importaba caer ahora, sabía que iba en la dirección adecuada.
            Un peldaño más, otro y otro … Quedaba poco ya, casi podías acariciar sus rostros y sí, eran tal y cómo los recordabas, como habían sido siempre.

            Por fin conseguí llegar al final de la calle y allí estaba, el teatro que tanto había buscado. Con el último aliento que me quedaba empecé a correr. El deseo de llegar minaba el dolor que sentía en mis piernas. Empujé la pesada puerta, que volvió a crujir de nuevo. Estabas allí, lo habías conseguido, llegaste arriba y ellos te estaban abrazando. Te miré despacio y tu mirada se fijó en mí. Las lágrimas resbalaban de nuestros ojos buscando perderse en la infinidad de aquel sombrío lugar. Había sido duro, pero ambas sabíamos que, desde aquel momento, nada volvería a separarnos …



sábado, 10 de enero de 2015

-          Dime, ¿qué ves ahí?

-          ¿Dónde?

-          Ahí, a tu alrededor.

-          ¿A mi alrededor? No sé, apenas veo nada. Tan sólo una tenue luz. Veo el reflejo de lo que podría ser un hogar, pero le falta algo…

-          ¿Y qué es ese algo?

-         No sabría explicártelo muy bien. Se trata de un hogar en el que los días se detienen. Es como si el tiempo quedase atrapado entre unos barrotes, como si se tratase de una celda y, durante ese encarcelamiento, todo es oscuro, los segundos se mueven despacio y cada uno es similar al anterior. Veo soledad, oscuridad, frío, …

-          ¿Es siempre así?

-   No, hay momentos en los que todo cambia y ese hogar ya no es el mismo. Hay momentos de intensa luz, como si los rayos del sol emergieran de sus propias paredes, de felicidad, de alegría, … momentos en los que cada rincón parece tener vida. Pero son tan efímeros, tan fugaces, que apenas puedes saborearlos y cada día que pasa, la agonía es mayor, de tal forma que tu ansia por vivirlos se hace aún menos llevadera …

-          ¿Sabes una cosa? Creo que necesitas salir de ahí …

-          Sí, yo también lo creo …


domingo, 12 de enero de 2014

            Los carritos se deslizaban a una velocidad vertiginosa a través de los interminables pasillos mientras los niños correteaban felices entre las estanterías repletas de chocolates y galletas. El sonido de los villancicos me hacía recordar que había llegado la noche que tanto esperaba, sería la primera que pasaría a tu lado …  

            Entre el bullicio de la gente buscaba tu cara, estabas atento, esperando el momento. Yo te miraba emocionada, como si fuera el primer día …

            La botella de champán relucía bajo la tenue luz de la vela, a la vez que las luces de colores dibujaban un arcoíris intenso sobre las figuras del árbol. Yo cantaba y bailaba canciones de The Beatles, mientras tú, apoyado sobre el piano, no dejabas de sonreír …

            Desearía que aquel momento no hubiera terminado nunca …


sábado, 16 de noviembre de 2013

Julia arreglaba cuidadosamente los pliegues de su falda de cuadros grises, era la primera vez que se la ponía. Años atrás había pertenecido a su hermana, pero ahora le quedaba pequeña y Julia tenía la altura perfecta para poder usarla. Llevaba años soñando con ello. Sus zapatos de charol rojo brillaban al reflejo de las llamas del fuego. El gorro colgaba de la percha que había junto a la puerta. Fue un regalo de su madre por Navidad.
            Pronto llegaría su abuela a recogerla. Se había asomado a la ventana una y otra vez, estaba impaciente por salir a la calle.
            De pronto, vio acercarse a una señora de cabello blanco cubierto por un elegante sombrero verde con un lazo de color gris. Llevaba un abrigo largo y unos zapatos de tacón que hacían resonar sus pasos desde el fondo de la calle. Era su abuela, sin duda.
            Julia se colocó su gorro y abrió la puerta.

            Fuera hacía frío y no dejaba de nevar. Las luces de colores recorrían las calles y el aroma a castañas recién tostadas invadía cada rincón de la ciudad. Julia se detuvo en un puesto, justo al lado de la fuente. El brillo de las manzanas cubiertas de caramelo y chocolate llamaron su atención. Estaban muy bien colocadas, una al lado de la otra, manteniendo una simetría perfecta. Junto a ellas, encontró varias cajitas de lata llenas de caramelos y chocolatinas, cada una con un dibujo diferente, árboles de navidad, paisajes nevados, estrellas de colores, … Le encantaban esas cajas.  

            Delante del puesto de algodón dulce, un señor hacía bailar a una marioneta al ritmo de la música de un acordeón. Se acercaron un poco más y, casi sin darse cuenta, sus pies comenzaron a girar, un paso, dos, tres, … Julia danzaba sonriente bajo los copos de nieve mientras su falda volaba como una cometa arrastrada por la brisa del viento. Sus largos cabellos rizados caían por su espalda, moviéndose de un lado a otro. Por un momento se sintió libre, tanto como uno de los pajarillos que solían posarse en la ventana de su habitación cada mañana.

            Cuando la canción terminó, Julia miró a su abuela. Bajo el sombrero se escondía una cálida sonrisa. Era imposible describir la felicidad que aquella niña llegaba a hacerle sentir …  

domingo, 1 de septiembre de 2013

            Giré la llave despacio y empujé suavemente la puerta. Por la rendija se colaron los últimos restos del aroma a café que cada mañana envolvía la casa. La puerta se cerró de golpe tras mi paso y me dejó sola en aquella fría habitación. Todo estaba oscuro. Abrí las ventanas, pero fuera el día era gris, y las gotas de lluvia forcejeaban contra la fuerza del viento para colarse en el salón. Destapé el piano. El roce de mis dedos con las teclas hizo emitir un sonido casi agónico que congeló mi cuerpo. Volví a cerrarlo. Ni tus gafas ni tu reloj estaban ya sobre la mesa.
           
            Mi respiración era lenta y superficial, apenas audible.

            Me dirigí hacia el dormitorio. El armario estaba vacío. Recorrí con mis dedos cada uno de sus rincones, abrí uno a uno los cajones y volví a cerrarlos. No había camisas ni pantalones. No había zapatos. Nada.

            Mis ojos empezaron a humedecerse y la habitación se cubrió de una espesa niebla. Tuve que apoyarme sobre la pared para no caer, pero mis piernas se debilitaron y resbalé hasta topar con el suelo. Abracé con fuerza mis rodillas y permanecí allí durante horas. Por mi cabeza danzaban felices los recuerdos de días pasados …

            Vuelve …



lunes, 5 de agosto de 2013

Otra vez había vuelto a despertarme la misma pesadilla que noche tras noche se colaba en mi cabeza … Encendí la luz, la almohada estaba empapada, pero en mi cara no había ni una sola lágrima, una vez más, las habías secado, como cada noche, sin que yo me diera cuenta …
El miedo a quedarme dormida se apoderó de mí e intenté mantenerme distraída. Cogí el libro que había dejado en la mesita. Una página, dos, tres, … Miré el reloj, quedaban casi cinco horas para levantarme. Salí al comedor y me tumbé en el sofá. La luz de las farolas se colaba por la rendija de la ventana. Algo suave rozó mi cara, mi cuello, mis brazos, … Empecé a acurrucarme. Las caricias eran cada vez más intensas y el contacto de tu piel con la mía hizo que me estremeciera. Me dejé caer sobre tu cuerpo, mientras me susurrabas algo al oído. Mis párpados empezaron a pesar demasiado, intenté sujetarlos con fuerza, pero resultó imposible. El miedo había huido y una sensación de paz invadía todo mi cuerpo.

El agua se deslizaba a través de los canales, recorriendo jardines llenos de flores. Fuentes, columnas, arcos, techos, … Palacios llenos de historia, miles de corazones latiendo aún entre aquellas paredes …
Dos copas de vino esperaban pacientes en la mesa, mientras nuestros pasos se deslizaban lentamente sobre el parqué. Un acordeón, un violín … Mis ojos grababan con fuerza la belleza de tu sonrisa. Hacía tiempo que no me sentía tan bien.

Volviste a acariciarme la cara, a recogerme el pelo.

Era una cálida noche del mes de julio. A un lado ella, con sus imponentes torres, al otro lado tú … La luna se deslizaba entre las nubes, mientras me embriagabas con tu apasionante voz …
No me dejes despertar, quiero volver a escuchar aquel piano mientras acaricio tus dedos, quiero ver esas estanterías llenas de libros una y otra vez, quiero hacer girar el tocadiscos tumbada a tu lado…

-          Descansa mi niña, éste es sólo el comienzo de un largo sueño …