sábado, 31 de marzo de 2012

Los rayos de luz comenzaban a reptar, como serpientes perezosas, por las paredes húmedas de la habitación. De la silla colgaba la chaqueta roja.
La cama estaba revuelta, entre las sábanas se escondían los susurros de un sueño. Pasos perdidos en callejones pedregosos, voces ahogadas gritando tu nombre.
El aroma del café se mezclaba con los acordes de un disco girando en el salón. La madera de los ventanales crujía con cada soplo de aire.   
Tus zapatos escondidos bajo la mesa. 
Los engranajes del reloj lamiendo la última gota de energía.   
Otra rosa marchita en el jarrón ...

lunes, 12 de marzo de 2012

Volvería a acariciar tus manos, a escuchar tu voz bajo las estrellas en las noches de verano.
Volvería a verla vestida de blanco, a bailar entre las flores.
Volvería a peinar mis muñecas sentada a tu lado, a comer tus tortas de aceite.
Volvería a hundirme cada noche en aquel colchón, a dormirme mientras la cortina se mece con la brisa del viento.
Volvería a recorrer caminos montada en bicicleta, a mojar mis pies en el arroyo.
Volvería a verla destrozar su pelo, a llorar por lo que no hizo.  
Volvería , si tú estuvieras conmigo…

lunes, 20 de febrero de 2012

Un golpe en la cabeza. La sangre se deslizaba entre mis dedos. Agua cristalina y fría, como mil puñales clavándose en mis manos. Limpié la herida. Entre las hierbas bajaba silenciosa, transparente y fría, curó mi herida. Te sentía cerca, estabas allí, no sé dónde, pero estabas, tú también, curando tus heridas …

jueves, 9 de febrero de 2012

Pequeñas franjas de luz se colaban entre los troncos de los álamos. Levanté la mirada del libro, era finales de verano. Dejé mis chanclas a un lado y fui descalza hasta los escalones del porche. La madera del suelo crujió a mi paso. El día no había sido demasiado caluroso. Me gustaban aquellas tardes, sentada al sol leyendo miles de historias, soñando con ellas. Siempre imaginaba que algún día yo podría contarlas, me veía perdida en esos bosques, mojando mis pies en esos lagos de agua cristalina, … Muchos decían que me perdía en los paisajes, que idealizaba cada situación y otorgaba belleza a lo que no lo tenía. Me senté en el suelo. El azul del cielo se mezclaba con el naranja de las nubes. Mi vista se perdió en el horizonte, mi cuerpo fue relajándose poco a poco. Por un momento olvidé dónde estaba y qué me rodeaba. Necesitaba alejarme de todo. Mi pecho ascendía y descendía de forma rítmica y tranquila. Cerré los ojos suavemente. Empecé a escuchar acordes, a dibujar figuras en mi mente. Me invadió una tranquilidad que hacía tiempo no sentía. Atrás quedaba el incesante correr del reloj, sus ojos, sus gestos, … 
Una ráfaga de viento cerró mi libro de golpe, abrí los ojos sobresaltada, el sol ya se había escondido y empezaba a refrescar. Me levanté, recogí todo y volví a casa. 

martes, 10 de enero de 2012

Ajusté el caballete al tamaño del lienzo, en la paleta todo un despliegue de colores, me abroché la bata y cogí el lápiz. Tracé una cuantas líneas que me servirían de guía, el esbozo de una cara, las paredes de una casa, … Tomé uno de los pinceles, por ahora prefería el de mayor tamaño, los detalles llegarían después. Empecé a darle color al lienzo, sin definir demasiado las figuras. Los recuerdos comenzaron a aflorar en mi mente, una pincelada de amarillo sobre fondo rojo, las siluetas de varios cuerpos sentados bajo la luz anaranjada de una farola, el aire fresco de una noche del mes de julio. Un poco más de azul en tus ojos, de blanco en tu cabello, la dulzura reflejada en tu rostro. Enjuagué el pincel, ahora otro más pequeño. Toda una gama de verdes, oscuros y claros, mezclados con tonos rojos, fucsias, amarillos, … una tras otra fueron tomando forma las macetas en los estantes del patio. Líneas ocres dibujando una silla de madera gastada por el paso del tiempo. Más blanco, más y más blanco, luminosidad al amarillo, el sol radiante de una tarde de verano paseando tus calles. Un pincel pequeño, casi invisible, una línea gris fina y precisa, la aguja pespunteando la tela del vestido que luciría en septiembre. Más azul a tus ojos, más blanco a tu cabello…

viernes, 9 de diciembre de 2011

Había caminado en varias ocasiones hacia la estación en el último mes, pero justo antes de cruzar la puerta mis pasos se paraban en seco y volvían a desandar el camino. Nunca pensé que llegaría a ser capaz de coger aquel tren. 
Amaneció nublado, el antiguo reloj de la torre marcaba las ocho, hoy sí sería el día. La maleta aún estaba vacía, encima de mi cama, la ropa bien colocada en el armario. Me detuve un momento ante él, sería complicado meter todos aquellos trapos en un espacio tan pequeño. Decidí hacer aquel viaje con lo indispensable, no necesitaba demasiado equipaje, los recuerdos debían quedarse dentro de los cajones, así resultaría más sencillo, menos doloroso… Con la caída de la tarde salí de casa, cerré la puerta, me encajé el sombrero, deslicé los guantes entre mis dedos y me abroché el abrigo. Estaba decidida, ya nada me retenía allí.
La estación era un hervidero de gente con prisas, pasos hacia un lado, hacia otro, voces de niños jugando a las canicas, puestos de castañas tostadas,… Me acerqué al kiosco a comprar algo que me mantuviera entretenida, al final me conformé con un periódico del día anterior, ya usado, cualquier cosa era mejor que dejar mi mente libre.
            El banco estaba frío y la madera astillada. A mi lado se sentó un señor mayor que me miraba de reojo, tras varios titubeos llegó la pregunta que estaba esperando…
-          ¿Espera usted el tren de las siete, señorita?
-          Sí, el mismo, ¿por qué?
-          No, por nada. Es que yo estoy esperando a mi hijo que llegará en él. Viene a pasar unos días en casa, hace mucho que no nos vemos.
-          Serán unos días estupendos, estoy segura.

Traté de concentrarme de nuevo en el periódico, pero resultó imposible, las manecillas del reloj pesaban sobre mi cabeza, el tiempo parecía haberse detenido…
Al fin, una campana comenzó a sonar anunciando la llegada de un nuevo tren y una nube de humo se vislumbró a lo lejos, sobre los raíles. Sí, allí estaba, ya no había marcha atrás. Cogí mi maleta y me despedí del señor que estaba a mi lado, deseándole que disfrutara aquellos días junto a su hijo.
Cuando puse el pie en el primer escalón, una lágrima resbaló por mi mejilla, había meditado mucho mi decisión y pensé que sería lo más acertado, pero también sabía que no iba a ser nada fácil olvidarse de todo lo vivido y, menos aún, de todo lo sentido.
Coloqué mi maleta en la parte superior del vagón y me senté junto a la ventana. El tren empezó a moverse, pude ver muchos brazos agitándose con fuerza, besos lanzados al aire, el deseo de un buen viaje flotando en la mente de muchas personas, la nostalgia del último adiós en la de otras… Una mezcla de sentimientos llenó mi cabeza, por un lado, la satisfacción de haber sido capaz de enfrentarme a ello, por otro, la nostalgia de despedir una bonita etapa de mi vida.
La noche no tardó demasiado en alcanzarnos, pero yo no tenía sueño, aún estaba un poco aturdida. En la oscuridad del paisaje, las cinco líneas se aparecían ante mis ojos y mis dedos parecían acariciar con dulzura su superficie lisa y fría, de aspecto nacarado… Era un llanto silencioso, como un manantial, el llanto del alma, de un alma hoy hecha jirones…
Decidí que lo mejor sería no recordar aquellas cinco líneas, durante un tiempo, ni nada que tuviera que ver con ellas, por mucho que me pesara.
Entre imágenes y olores pasó la noche. La mañana estaba mucho más despejada, como mi cabeza. Me levanté un rato, el tren había parado unos minutos y bajé a respirar un poco de aire fresco. Regresé a mi vagón con las energías algo más renovadas. La brisa del aire en la cara me recordó aquel paseo, a orillas del río, subiendo la cuesta… Fui feliz, sí, en ese momento fui muy feliz. Conseguí dibujar una sonrisa en mi cara y me gustó.
Ya basta de lágrimas y lamentos – me dije – ahora sólo voy a recordar todo lo bueno que  aportó a mi vida.  
Los acordes se mezclaban con las palabras, las luces, los sonidos, las risas, el brillo en los ojos,… Pensar en todo aquello me reconfortaba, me hacía sentirme bien, animada. Poco a poco conseguí que las lágrimas se secaran en mis ojos antes de ver la luz. Empecé a buscar las cinco líneas, a leer en ellas, a escuchar a través de ellas, a interpretarlas. Las heridas empezaban a cicatrizar y yo volvía a sentirme viva de nuevo.
En ese momento el tren paró, sin darme cuenta había llegado a mi destino, conseguí estar donde quería estar. Baje del tren, ahora con más fuerza, concentrándome en cada uno de mis pasos, sintiéndome con fuerzas para volver a empezar y recordándolo todo como una bonita historia con punto y final.





sábado, 29 de octubre de 2011

Con su dedo recorría los surcos que el agua de lluvia dibujaba en el cristal de la ventana. Su piel era casi transparente, siempre decía que los años habían hecho de ella un fino papel de fumar. Aquel domingo de otoño había amanecido nublado y ella estaba sola en casa, la misma que había pertenecido a sus padres años atrás y que sería de sus hijos cuando ella no estuviera, aunque sabía que tras su muerte quedaría vacía. Desde que se fueron de casa, escasas habían sido las ocasiones en las que habían ido a verla, un día porque tenían trabajo, otro porque habían hecho planes … Cada día que pasaba se sentía más sola, vivía aferrada a sus recuerdos, a los años en los que había sido tan feliz en aquella casa.

Todas las mañanas se sentaba, con su taza de café, frente a la ventana. Sentía el chisporroteo de la leña consumiéndose a sus espaldas y la brisa del aire colándose entre los huecos de una madera consumida por el tiempo. El jardín estaba cubierto de hojas secas, amarillas y marrones, que dibujaban una alfombra otoñal. La lluvia no cesaba. Ana adoraba aquellos días, salir y respirar la pureza de aquel aire, sentir el frío en su cara y en sus manos …  
Se acercó a la fuente y mojó su mano. Recordó los días en los que su padre le leía cuentos mientras ella jugaba con el agua, y como después, lo hacía ella con sus hijos.
La cuerda del columpio estaba rota. Ana ató con cuidado los extremos, apartó las hojas de la yedra que lo habían cubierto y se sentó. Cerró los ojos y empezó a balancearse, lentamente al principio, pero poco a poco fue cogiendo velocidad. Las gotas de lluvia empezaron a caer de nuevo, mojando su cara. A Ana no le importó, se cubrió la cabeza con su bufanda de lana y se abrochó el abrigo. Hacía tiempo que no se sentía tan bien.

Muchas eran las arrugas que cubrían su cuerpo, y muchos los años que había dejado atrás, pero en ese momento sólo podía pensar una cosa, aún estaba viva …