Adoro la
tranquilidad de las noches de verano, sentir el aire fresco rozar mi piel tras
el asfixiante calor del día, en el que pasamos las horas cobijándonos bajo la
sombra de cualquier árbol, al amparo de los rayos del sol. La luna cubría de un
gris casi plata las flores del jardín. Me descalcé y avancé hasta el césped.
Dejé mi libro a un lado, encendí la vela del farol y me dejé caer suavemente.
Ante mis ojos se mostraba, majestuoso, un cielo cubierto de pequeños puntos con
un delicado tintineo de luz. Me acordé de tus palabras, muchas habían sido las
noches que habías pasado bajo el mismo paisaje, apenas a unos pasos de donde yo
me encontraba. Recuerdos de una infancia casi olvidada, tan distinta a la mía …
La humedad avanzaba por mi cuerpo, adaptándose a cada uno de sus relieves como
si tratara de tejer sobre él una segunda piel. ¿Qué habría pasado si no
hubieras cogido aquel avión? ¿Si no hubieses estado en ese lugar ni en ese
momento? Una pieza que falta, un reloj que se para, una llave que se olvida, …
pero no, nada de eso sucedió, estuviste allí y yo aquí. Ahora eres tú la que se
queda, mientras que yo, hace tiempo que dejé de existir. Decenas de preguntas
asoman a mi cabeza como ojos curiosos a la espera de la imagen perfecta. Yo,
a su vez, descubro entre líneas el asesinato de la persona equivocada …
jueves, 21 de junio de 2012
martes, 22 de mayo de 2012
-
Si sigues acercándote de esa manera
acabarás cayendo al agua – decía su padre.
Después de una
larga semana de lluvia intensa, por fin el tiempo les había dado una tregua. A
Gabriel le encantaba navegar. Cuando estaba en el barco de su padre, imaginaba
que algún día él también sería pescador y recorrería los mares, venciendo
tormentas y tempestades.
-
¡Ayúdame con las redes, Gabriel!
El viento
revoloteaba en su cabeza, alborotando su pelo. Gabriel tiraba con fuerza hasta
que las cuerdas acababan haciendo sangrar a sus manos.
-
No
he podido llegar antes, mamá, ¿cómo se encuentra hoy?
-
Hace
un rato abrió los ojos, le estuve hablando, pero no me contestó, seguía con la
mirada perdida, después volvió a cerrarlos y hasta ahora.
-
¡Papá,
papá soy yo, Ana!
-
Me
paso las horas hablándole, hija, contándole historias de cuando era pequeño, de
lo que le gustaba hacer,… pero nada, no consigo que me diga nada, ni siquiera
sé si me escucha.
Cada vez que cogía
la bicicleta recordaba que debía engrasar la cadena, estaba muy oxidada y hacía
un ruido espantoso. Aquella tarde había quedado con Mario para dar un paseo por
el campo.
-
¡No vengas tarde y cuidado con lo
que haces, no quiero pasarme el día lavándote la ropa! – le había dicho su
madre, antes de salir de casa.
Mario era uno de
sus mejores amigos, iban juntos a la escuela de Doña Carmen, donde compartían
pupitre. Cuando las clases terminaban, salían corriendo para jugar un rato a
las canicas, mientras llegaba la hora del almuerzo.
Al pasar por el
puente de piedra, la rueda de la bicicleta se enredó en una rama, Gabriel perdió el
equilibrio y cayó al agua. Un pequeño rasguño en la rodilla y todo el cuerpo
empapado, esta vez sí que le iba a caer una buena.
-
¿Cómo
sigue Gabriel, alguna novedad?
-
Nada,
doctor, todo sigue igual. Hace ya casi un año que dejó de conocernos, pero de
vez en cuando se acordaba de algo, nos contaba alguna historia, luego se paraba
de golpe, mirando fijamente al frente, y empezaba a llorar. Desde que el pasado viernes cerró los ojos,
muy pocas han sido las ocasiones en las que ha vuelto a abrirlos.
La última vez que
había viajado en tren, apenas contaba diez años. Nunca olvidaría aquel viaje.
Una mañana de julio, recibieron una carta de su tía invitando a él y a su
hermana a pasar unos días con ellos. A la madre de Gabriel no le agradó
demasiado la idea, pero al final acabó cediendo y al día siguiente estaba
despidiendo a sus dos hijos en la estación.
Los tíos de
Gabriel vivían en Barcelona. El viaje duró varias horas. Mientras María dormía,
él observaba los paisajes a través de la ventanilla.
Gabriel nunca
había estado en una ciudad. Aquellas dos semanas fueron las mejores de su
infancia. Recorrió calles, comió helados, visitó teatros, escuchó el agradable
sonido de varios acordeones sonando al paso de la gente, …
-
Es
hora de irme, pero te dejo en buena compañía, mañana volveré a verte de nuevo,
cuida de mamá.
De pronto, aquella
voz pareció resultarle familiar. En los últimos meses se había esforzado mucho
en tratar de reconocer las caras de tantas personas que decían ser su mujer, su
hija, su hermana, su amigo, … pero no lo había conseguido. Ahora sí, sabía que
esa voz no era extraña, que había formado parte de su vida.
-
¡Mamá,
ven, rápido, ha vuelto a abrir los ojos!
-
¡Gabriel,
puedes oírnos! ¡Gabriel, estoy aquí!
¡Cómo olvidar
aquellos ojos de los que un día se enamoró! Gabriel sonrió y deslizó su mano
hasta hacerla rozar con la de su mujer, después todo se volvió borroso de nuevo
…
sábado, 21 de abril de 2012
Me acurruqué entre las
sábanas, dos días seguidos sin apenas dormir habían hecho mella. Entre imágenes
y colores me iba alejando de todo lo que me rodeaba, hice un esfuerzo y apagué
la lamparilla. Un sonido me hizo abrir los ojos, pero aquello no era mi
habitación. Subía una calle empedrada, rodeada de un grupo de caras conocidas.
Entramos en una cafetería y subimos las escaleras. El día era gris, un gris
oscuro, casi negro. Las gotas de lluvia se mezclaban con el agua del mar. Las
olas chocaban con fuerza en la madera del muelle. A través de los cristales
vimos acercarse un tren cargado de niños. Sus caras eran sonrientes y en sus
ojos brillaba la curiosidad de quien se dispone, por primera vez, a conocer los
entresijos de una ciudad. La fuerza de las olas era cada vez mayor. Dentro del
café, un gramófono comenzó a sonar. Los acordes de aquel tango hicieron a
varias parejas unir sus pasos y desplazarse con dulzura de un lado a otro de la
sala. El agua del mar empezó a deslizarse lentamente entre los edificios
cercanos al puerto, mientras, un hombre accionaba una palanca, poniendo en
marcha todo un sistema de engranajes y poleas.
-
¡Dichoso temporal! – gritaba, a la vez
que sacudía la ceniza de su cigarro.
Todo comenzó a girar
lentamente, hacia un lado y hacia otro. Salí a la calle, la brisa del mar jugaba
con mi vestido mientras yo trataba de abrocharme el abrigo. La ciudad estaba
plagada de gente, pero yo caminaba sola. Llegué a tiempo, estabas esperándome.
Me senté a tu lado y saqué mi cuaderno. Las páginas se sucedían una tras otra y
mis manos se movían cada vez más rápido. Hablabas, contabas historias, reías,
te emocionabas, … y yo aprendía. Sonó un teléfono. ¡Eran las tres de la
madrugada! Habían pasado casi ocho horas desde que llegué. Ninguno de los dos
quiso darse cuenta del tiempo porque, ¿qué importaba el tiempo? ¿Qué importaban
el día o la noche? Tus dedos rozaron mi cara y me miraste fijamente. Empecé a
temblar, desvié la mirada y salí corriendo. Fuera, el cielo no era gris, ni
negro, se había detenido en un eterno amanecer …
sábado, 31 de marzo de 2012
Los rayos de luz comenzaban a reptar, como serpientes perezosas, por las paredes húmedas de la habitación. De la silla colgaba la chaqueta roja.
La cama estaba revuelta, entre las sábanas se escondían los susurros de un sueño. Pasos perdidos en callejones pedregosos, voces ahogadas gritando tu nombre.
El aroma del café se mezclaba con los acordes de un disco girando en el salón. La madera de los ventanales crujía con cada soplo de aire.
Tus zapatos escondidos bajo la mesa.
Los engranajes del reloj lamiendo la última gota de energía.
Otra rosa marchita en el jarrón ...
lunes, 12 de marzo de 2012
Volvería a acariciar tus manos, a escuchar tu voz bajo las estrellas en las noches de verano.
Volvería a verla vestida de blanco, a bailar entre las flores.
Volvería a peinar mis muñecas sentada a tu lado, a comer tus tortas de aceite.
Volvería a hundirme cada noche en aquel colchón, a dormirme mientras la cortina se mece con la brisa del viento.
Volvería a recorrer caminos montada en bicicleta, a mojar mis pies en el arroyo.
Volvería a verla destrozar su pelo, a llorar por lo que no hizo.
Volvería , si tú estuvieras conmigo…
lunes, 20 de febrero de 2012
Un golpe en la cabeza. La sangre se deslizaba entre mis dedos. Agua cristalina y fría, como mil puñales clavándose en mis manos. Limpié la herida. Entre las hierbas bajaba silenciosa, transparente y fría, curó mi herida. Te sentía cerca, estabas allí, no sé dónde, pero estabas, tú también, curando tus heridas …
jueves, 9 de febrero de 2012
Pequeñas franjas de luz se colaban entre los troncos de los álamos. Levanté la mirada del libro, era finales de verano. Dejé mis chanclas a un lado y fui descalza hasta los escalones del porche. La madera del suelo crujió a mi paso. El día no había sido demasiado caluroso. Me gustaban aquellas tardes, sentada al sol leyendo miles de historias, soñando con ellas. Siempre imaginaba que algún día yo podría contarlas, me veía perdida en esos bosques, mojando mis pies en esos lagos de agua cristalina, … Muchos decían que me perdía en los paisajes, que idealizaba cada situación y otorgaba belleza a lo que no lo tenía. Me senté en el suelo. El azul del cielo se mezclaba con el naranja de las nubes. Mi vista se perdió en el horizonte, mi cuerpo fue relajándose poco a poco. Por un momento olvidé dónde estaba y qué me rodeaba. Necesitaba alejarme de todo. Mi pecho ascendía y descendía de forma rítmica y tranquila. Cerré los ojos suavemente. Empecé a escuchar acordes, a dibujar figuras en mi mente. Me invadió una tranquilidad que hacía tiempo no sentía. Atrás quedaba el incesante correr del reloj, sus ojos, sus gestos, …
Una ráfaga de viento cerró mi libro de golpe, abrí los ojos sobresaltada, el sol ya se había escondido y empezaba a refrescar. Me levanté, recogí todo y volví a casa.
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