domingo, 16 de junio de 2019

   
  
     Esta noche has vuelto a visitarme, con tu pelo casi rubio y tu tímida sonrisa. Apenas contarás nueve años de edad. Creo que te acompaña alguien, pero no soy capaz de reconocerlo. Intento corresponderte con otra sonrisa, quiero que sientas que estoy feliz de verte y, sin embargo, solo consigo unas cuantas lágrimas. Sé que tu presencia es efímera, que cuando despierte no estarás y que mi almohada volverá a estar empapada, una noche más ... Me levantaré e iré a trabajar como cada día, como si nada hubiese pasado ... 
     Nos emocionaremos, pasearemos, lloraremos, nos ilusionaremos y hasta reiremos, preguntándonos cómo es posible que la vida siga si a ti te la arrebataron, pero no encontraremos respuesta o, al menos, no la que nos gustaría. Y trataremos de girar hacia atrás las manecillas del reloj, aún sabiendo que nada de lo que se va vuelve, ni el tiempo ni las personas. Y lucharemos por frenar un vacío que cada día se hace más grande y por paliar un dolor que es mezcla de impotencia y rabia, y entonces sacaremos tus fotos y escucharemos tu voz para ilusionarnos, por un instante, con el dulce engaño de tu presencia, esa que cada día se hace más necesaria ...



sábado, 1 de diciembre de 2018

     Lástima que aquella bala no hubiese atravesado su pecho. Unos segundos de dolor y todo hubiese sido más fácil, pero no, fue solo un rasguño, apenas un fragmento de piel que pronto recuperaría, ni un resto de sangre. Tantas heridas en tan poco tiempo y ninguna lo suficientemente grande como para acabar con ella ...
     Qué le importaban ya las luces, si había una que jamás volvería a brillar. Todo quedaría en un ir y venir de platos y copas, en un brindis vacío por un anhelo imposible. La estrepitosa huída de años de felicidad que no volverían a repetirse.
     Qué supondría ya volver a reunirse a la mesa si había una silla que jamás ocuparía su hueco, una sonrisa que se había apagado demasiado pronto. ¿Por dónde volarían los pensamientos? ¿Con qué recuerdo se irían a dormir esa noche? ¿Qué manos acariciarían su rostro? No, ya no tenía sentido imaginarlo, ya no habría cincuenta años que celebrar, ya solo habría tiempo para añorar lo que podría haber sido y nunca llegaría a pasar ...


domingo, 3 de junio de 2018

     El brillo de sus zapatos auguraba que aquella sería una gran noche. Decenas de parejas paseaban a orillas del lago mientras el sol teñía de un cobrizo intenso sus aguas. Solo una suave brisa lograba perturbar la quietud de aquel atardecer del mes de Junio.


     Lucy había colocado una flor en su pelo. Los volantes de su vestido ondeaban con alegría al más mínimo atisbo de movimiento en sus caderas. Por fin, la noche se hacía con la ciudad y, uno a uno, los músicos iban llenando el escenario. Lucy vio pasar todo un desfile de trompetas, clarinetes, saxofones, ... y un sinfín de instrumentos que se iban agrupando en torno al piano. La pista de baile comenzaba a llenarse, había llegado el momento que tanto deseaba. John la miraba desde el otro lado de la plaza. Hoy lucía su mejor pajarita y los tirantes que ella le había regalado para la ocasión. Al micrófono, un hombre menudo de tez oscura y voz seductora anunciaba a los asistentes que el Festival de Verano de Swing daba comienzo. Los pistones de las trompetas empezaron a moverse y el resto de instrumentos comenzaron a seguirlos, despertando el movimiento de brazos y pies de unos bailarines que ansiaban deslizarse por aquella pista de baile y dejarse llevar por la embriagadora música que sonaba por doquier.

     Desde las terrazas de bares y restaurantes, cientos de curiosos disfrutaban de aquella escena y muchos se atrevieron a probar con aquellos movimientos imposibles.

     “Cuando bailaba se sentía libre”, eso era lo que pensaba Lucy cada vez que calzaba sus zapatos y comenzaba a moverse, junto a John, al ritmo de aquellos compases. Parecía como si el tiempo se hubiese detenido, como si todo lo que le preocupaba se hubiera esfumado de golpe. No había miedos ni dudas ni lágrimas. En ese momento, sólo existían John y ella.

     Lucy deslizaba sus pies con soltura, sonreía y giraba, una y otra vez, rodeando a John, quién  seguía sus pasos con dulzura. El Festival sólo duraría tres días, pero aquella noche permanecería en su cabeza toda la vida ...



domingo, 7 de enero de 2018


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Sal al balcón, que aún están las luces encendidas y riega la fuente los geranios. Sal, que corretean los niños por la calle y ruedan las canicas en el parque.
No cojas tu abrigo, que queda champán en la copa y suena aún la guitarra. Déjalo, que no has bailado el último compás y espera el mantón colgado.
No cierres los ojos, mira que aún está el fuego encendido, ni limpies el carmín de tus labios, que aún no lo has besado.
No te despidas de ella que no has llegado y seca tus lágrimas que los pájaros ya volaron y ahora vuelven a posarse sobre su suelo mojado.
No digas que te fuiste que vuelves cada noche por el camino ya andado, cubriéndolo de flores, semillas y llanto.

Sal niña al balcón y guarda su recuerdo en tu mano. 



lunes, 26 de septiembre de 2016

            Aquello no se parecía en nada a lo que ella había imaginado. Las habitaciones eran frías y húmedas y los pasillos solitarios. Escasos eran los rayos de sol que se atrevían a colarse por las desgastadas ventanas. El patio estaba casi siempre vacío y resultaba difícil escuchar alguna voz, aunque fuese lejana.
            Carlota acudía a clase cada día, pero nadie se sentaba en su pupitre. El resto de estudiantes la miraban con cierto recelo. Nunca un saludo, nunca una sonrisa.
            Los días pasaban despacio, más de lo que ella deseaba, y cada uno era igual al siguiente. Se sentía sola entre toda esa gente. Aquel no era su sitio … Añoraba las tardes de paseo con sus amigos, las risas, la humeante taza de chocolate de los días de lluvia, incluso el estruendoso ruido del último tranvía que siempre acababa despertándola.
            Un día, sentada en su cama contemplando viejas fotografías, se le ocurrió que quizás pudiese traer esos recuerdos a su habitación. Entonces, saltó de la cama y se dirigió al cajón donde guardaba las acuarelas y las barras de pintura pastel y comenzó a dibujar cada uno de los rincones preferidos de su ciudad. El aljibe, el río, las montañas nevadas, … todos fueron dando vida a las paredes de aquella habitación.

            Cada tarde, Carlota preparaba una taza de té, se sentaba en la ventana y observaba detenidamente cada uno de los dibujos. El olor a esencias y las maravillosas vistas la hacían sentirse en casa …


domingo, 7 de agosto de 2016

    Hectáreas de campos de trigo y algunos girasoles quedaban atrás mientras la locomotora no dejaba de rugir. El humo del tren se disipaba entre  las escasas nubes de aquella tarde de verano. Dentro del vagón, un libro me acompañaba en las interminables horas de viaje. El calor era asfixiante y  yo estaba ansiosa por llegar. Por unos minutos levanté la vista de aquellas páginas. Junto a mí, una madre enseñaba a reír a su hija mientras arreglaba, uno a uno, los impecables pliegues de su falda roja. La pequeña lo intentaba, pero la miraba temerosa, sacudiendo sus guantes y dibujando una mueca de tristeza en su rostro.
     El mes de julio había avanzado tan rápido, parecía como si solo hubiese pasado una semana desde la última vez que vi a mis compañeros tumbados en aquel parque a la salida de clase. Ahora sólo pensaba en ella y en los días que quedaban por delante para disfrutarla …
    El tren se detuvo bruscamente y tuve que agarrarme fuerte para no caer. Mi maleta pesaba demasiado, como cada año. Esta vez no estaba esperándome en la estación, sería una sorpresa … Caminé por las empinadas calles admirando las flores que decoraban los balcones y ventanas a ambos lados hasta que llegué a la puerta. Solté mi maleta y me detuve a mirarla. Sus paredes de piedra seguían impecables, imperecederas al paso del tiempo. La abuela había decorado la fachada con plantas de todo tipo y había vuelto a barnizar la madera de la puerta. Toqué despacio, pero no hubo respuesta. Un poco más fuerte después y, tras el chirrido de la puerta asomó una dulce señora de ojos azules y cabello blanco. Aún recuerdo la calidez de aquel abrazo y como las lágrimas resbalaban por mis mejillas mientras ella me decía que pensaba que aquel verano no lo pasaría a su lado …
    La casa consistía en un patio interior, cubierto de una enorme cristalera que se había vuelto translúcida con el paso de los años, rodeado de habitaciones distribuidas en dos plantas. Los suelos eran de piedra y los techos quedaban atravesados por cuidadas vigas de madera. En un lateral del patio, se encontraba la escalera de acceso a la segunda planta que dibujaba un bonito corredor. Detrás de la casa aguardaba un acogedor jardín lleno de macetas, pájaros y un pozo. Un pequeño caminito de piedras conducía a unos cobertizos donde se guardaban todos los aperos de labranza y, años más tarde, también nuestras bicicletas.
     Mientras colocaba la maleta en mi habitación, la abuela preparó una merienda en el jardín. Bollos de aceite, zumo, té, chocolate, y un sinfín de cosas más dispuestas sobre un impoluto mantel de encaje blanco.
     El año había sido duro. Días de lluvia, nieve y frío la obligaban a permanecer en casa durante semanas seguidas. La llegada de la primavera supuso un soplo de aire fresco. Salía cada mañana a barrer la puerta, a refrescarla con agua y, cuando el sol aún no había despuntado, cogía su cesta y bajaba al mercado.
    Junto a su mecedora, estaba la pamela de flores que me regaló para mi cumpleaños hace casi tres veranos. Subí a mi habitación y me cambié de ropa, un vestido sencillo y unas zapatillas blancas. Con cuidado, recogí mi cabello en una trenza y me coloqué la pamela. Al fondo del cobertizo estaban las bicicletas. Saqué la de la abuela y la mía, le quité un poco el polvo y ajusté el sillín. Cuando la abuela salió al patio sonrío – dame unos segundos, dijo – y al poco tiempo apareció también con un sombrero y unas zapatillas. Como si el tiempo no hubiera pasado, recorrimos caminos rodeados de almendros y olivos mientras la brisa refrescaba nuestros rostros. Nos detuvimos junto al río, mojando las manos y la cara, y vimos al sol perderse entre las montañas.
   Los días pasaban demasiado rápido, pero pasaban. Ahora no hay bicicletas. Casi no hay veranos …


miércoles, 23 de marzo de 2016

Ven aquí conmigo y cierra los ojos, te contaré qué veo...  
Son sus montañas las que se recortan en el horizonte. Brillan sus cumbres al reflejo del sol. Y su aroma… mmm, puedo oler ese aroma a pino húmedo como si acabase de llover.
Florecidos están los almendros, adornando unas paredes que sobreviven majestuosas al paso del tiempo. Se escuchan risas y voces. Se escuchan pasos.

Mírame, estoy sentada junto al río. Amanece un día estupendo, de nuevo, vuelve a salir el sol. Debí de hacerte caso, debí ponerme el vestido de flores que es más fresco. ¿Ves cómo relucen mis zapatos rojos? No dejo de agitar las piernas, no dejo de sonreír … ¿Sabes? Te diré una cosa, sólo si prometes no decírsela a nadie. Aquí soy feliz …
Detrás de mí, hay un niño que corre tras las palomas mientras su madre grita y acelera el paso. Ha vuelto a tropezar.
¿Y tú?, te has quedado atrás, escuchando los violines, tambores y timbales. ¡Corre – te grito desde lo lejos - o se nos hará tarde!, los jardines no son iguales sin la luz del sol. Además, tienes que enseñarme a bailar, junto a la fuente, ¿recuerdas?

¿Por qué me miras así? ¿Qué te atormenta? ¿Acaso no somos nosotros los que paseamos? ¿No es tu mirada la que reluce entre esos árboles? ¿No son las piedras de sus calles las que se clavan en mis pies?
¡Vuelve a cerrar los ojos, hazlo con fuerza, y dime que todo lo que veo no existe! ¡Dímelo!
¡Dime que no es el sonido de su campana el que escucho cada noche! ¡Dímelo y seca mi llanto!
¡Dímelo! ¡Dime si es ésto locura! Y si es así, ¡déjame cerrar los ojos y enloquecer cada día …!

jueves, 10 de diciembre de 2015

    Sus voces sonaban por todos lados. Gritaban, cantaban canciones navideñas,… Mientras, ella recogía tranquilamente sus libros de la mesa y los colocaba ordenadamente en su mochila. Aquella mañana no quiso desayunar, así que su madre le había mandado uno de los bollos de aceite que habían hecho en casa la tarde anterior. Bajó al patio y se sentó junto a la fuente del fondo. Sus compañeros corrían de un lado para otro y hacían cola para subirse a la palometa. Despacio, saboreaba aquel dulce con aroma a naranja y a miel.

    Había llegado su turno, se levantó y se dirigió al lugar donde estaban los columpios. Subió a uno de los balancines y empezó a coger impulso. Sus trenzas volaban hacia un lado y hacia otro y su falda se levantaba con cada movimiento. Entonces, soñaba…
   Aquella tarde, ayudaría a su hermana a poner el árbol de Navidad y leería el nuevo libro que, cuidadosamente, había escogido en la biblioteca. Le impresionó el dibujo de la portada y, por ello, decidió llevárselo a casa. Cada libro era una historia, una aventura nueva que vivir, personajes que se colarían en su vida durante un breve periodo de tiempo.

   Añoraba aquellos años y el calor de la chimenea siempre encendida.

   Ahora, pasea su maletín cargado de sueños por desconocidas calles…


jueves, 17 de septiembre de 2015

Dejad que la luna me bañe de plata e ilumine mi rostro.
Dejad que en mis oídos resuenen sus zapatos, que su taconeo atraviese las tablas y mis pies sigan el ritmo de sus pasos.  
Dejad que vea al sol posarse en sus balcones y a los pajarillos cantarles a sus fuentes.
Dejad que el sonido de su guitarra se mezcle entre volantes de colores.
Dejadme pasear sus calles y que el olor a jazmín inunde mi alma.
Dejad que la admire esta serena noche, que mis ojos recorran sus jardines, sus luces, y que el frescor de sus aguas calme este fuego que me arde por dentro.
Dejadme que llore, que hoy he vuelto a verla.
Pero no sequéis mis lágrimas que no es pena lo que siento, sino alegría y grandeza por estar a su vera.
Y cuando me vaya, decidle sólo una cosa… ¡Qué la echo de menos!


viernes, 17 de abril de 2015

             El cielo vestía de un gris oscuro, casi negro. El viento azotaba con fuerza las ya desnudas ramas de los árboles. Allí estaba él o quizás ya tan sólo un espectro de lo que había sido. Sus tejas apenas se sostenían y los palos de madera que las sujetaban habían dejado de tener fuerza. Sus brillantes paredes eran ya tan solo abrigo de humedades y hollín. Pero tú seguías dentro, te arrastrabas despacio por el escenario, tropezando y volviendo a levantarte, representando una función que nuca debió comenzar, una escena que no fue escrita para ti.
            Los caminos eran escarpados y el frío me cortaba la cara. Nadie te había visto, nadie conocía aquel teatro. Pero yo sabía que existía y que tú estabas dentro.
            Por las ventanas ya no entraba luz, se habían cubierto de telarañas y de hojas secas. Tus piernas pesaban más cada día, no te gustaba aquella obra ni aquel escenario, pero la función no llegaba a su fin.
            Seguía perdida, vagando por las calles, girando en cada esquina, recorriendo largas avenidas desiertas, donde el único ruido que se escuchaba era el del motor de un coche a toda prisa. Nadie me escuchaba, nadie quería mirarme ni decirme dónde estabas.
            Las maderas de aquella puerta crujieron y el estruendoso ruido te hizo volver la vista. Eran ellos sí, y habían venido a buscarte. Cientos de peldaños te separaban de la puerta, no sabías si serías capaz de llegar. Desataste las cuerdas que te amarraban con fuerza a aquella silla y bajaste del escenario.
            Todos los caminos me llevaban al mismo sitio. La desesperación y las lágrimas empezaron a apoderarse de mí, necesitaba verte, recordarte las noches de verano contando estrellas, necesitaba decirte que me encantaba dormir mientras tú leías en la cama, quería verte sonreír de nuevo y que me enseñaras a correr …
            Los peldaños eran cada vez más altos y tus piernas débiles, pero estabas decidida. Ellos no podían bajar, pero te sonreían en la distancia, estaban muy orgullosos de ti y sabían que era tarea tuya llegar hasta allí.
            Había dado mil vueltas por el mismo sitio, pero nunca había pasado por aquella calle. Era estrecha, de trazado tortuoso y suelo húmedo. Comencé a seguirla despacio, ayudándome de las rejas de las ventanas para no resbalar. Nada importaba caer ahora, sabía que iba en la dirección adecuada.
            Un peldaño más, otro y otro … Quedaba poco ya, casi podías acariciar sus rostros y sí, eran tal y cómo los recordabas, como habían sido siempre.

            Por fin conseguí llegar al final de la calle y allí estaba, el teatro que tanto había buscado. Con el último aliento que me quedaba empecé a correr. El deseo de llegar minaba el dolor que sentía en mis piernas. Empujé la pesada puerta, que volvió a crujir de nuevo. Estabas allí, lo habías conseguido, llegaste arriba y ellos te estaban abrazando. Te miré despacio y tu mirada se fijó en mí. Las lágrimas resbalaban de nuestros ojos buscando perderse en la infinidad de aquel sombrío lugar. Había sido duro, pero ambas sabíamos que, desde aquel momento, nada volvería a separarnos …



sábado, 10 de enero de 2015

-          Dime, ¿qué ves ahí?

-          ¿Dónde?

-          Ahí, a tu alrededor.

-          ¿A mi alrededor? No sé, apenas veo nada. Tan sólo una tenue luz. Veo el reflejo de lo que podría ser un hogar, pero le falta algo…

-          ¿Y qué es ese algo?

-         No sabría explicártelo muy bien. Se trata de un hogar en el que los días se detienen. Es como si el tiempo quedase atrapado entre unos barrotes, como si se tratase de una celda y, durante ese encarcelamiento, todo es oscuro, los segundos se mueven despacio y cada uno es similar al anterior. Veo soledad, oscuridad, frío, …

-          ¿Es siempre así?

-   No, hay momentos en los que todo cambia y ese hogar ya no es el mismo. Hay momentos de intensa luz, como si los rayos del sol emergieran de sus propias paredes, de felicidad, de alegría, … momentos en los que cada rincón parece tener vida. Pero son tan efímeros, tan fugaces, que apenas puedes saborearlos y cada día que pasa, la agonía es mayor, de tal forma que tu ansia por vivirlos se hace aún menos llevadera …

-          ¿Sabes una cosa? Creo que necesitas salir de ahí …

-          Sí, yo también lo creo …


domingo, 12 de enero de 2014

            Los carritos se deslizaban a una velocidad vertiginosa a través de los interminables pasillos mientras los niños correteaban felices entre las estanterías repletas de chocolates y galletas. El sonido de los villancicos me hacía recordar que había llegado la noche que tanto esperaba, sería la primera que pasaría a tu lado …  

            Entre el bullicio de la gente buscaba tu cara, estabas atento, esperando el momento. Yo te miraba emocionada, como si fuera el primer día …

            La botella de champán relucía bajo la tenue luz de la vela, a la vez que las luces de colores dibujaban un arcoíris intenso sobre las figuras del árbol. Yo cantaba y bailaba canciones de The Beatles, mientras tú, apoyado sobre el piano, no dejabas de sonreír …

            Desearía que aquel momento no hubiera terminado nunca …


sábado, 16 de noviembre de 2013

Julia arreglaba cuidadosamente los pliegues de su falda de cuadros grises, era la primera vez que se la ponía. Años atrás había pertenecido a su hermana, pero ahora le quedaba pequeña y Julia tenía la altura perfecta para poder usarla. Llevaba años soñando con ello. Sus zapatos de charol rojo brillaban al reflejo de las llamas del fuego. El gorro colgaba de la percha que había junto a la puerta. Fue un regalo de su madre por Navidad.
            Pronto llegaría su abuela a recogerla. Se había asomado a la ventana una y otra vez, estaba impaciente por salir a la calle.
            De pronto, vio acercarse a una señora de cabello blanco cubierto por un elegante sombrero verde con un lazo de color gris. Llevaba un abrigo largo y unos zapatos de tacón que hacían resonar sus pasos desde el fondo de la calle. Era su abuela, sin duda.
            Julia se colocó su gorro y abrió la puerta.

            Fuera hacía frío y no dejaba de nevar. Las luces de colores recorrían las calles y el aroma a castañas recién tostadas invadía cada rincón de la ciudad. Julia se detuvo en un puesto, justo al lado de la fuente. El brillo de las manzanas cubiertas de caramelo y chocolate llamaron su atención. Estaban muy bien colocadas, una al lado de la otra, manteniendo una simetría perfecta. Junto a ellas, encontró varias cajitas de lata llenas de caramelos y chocolatinas, cada una con un dibujo diferente, árboles de navidad, paisajes nevados, estrellas de colores, … Le encantaban esas cajas.  

            Delante del puesto de algodón dulce, un señor hacía bailar a una marioneta al ritmo de la música de un acordeón. Se acercaron un poco más y, casi sin darse cuenta, sus pies comenzaron a girar, un paso, dos, tres, … Julia danzaba sonriente bajo los copos de nieve mientras su falda volaba como una cometa arrastrada por la brisa del viento. Sus largos cabellos rizados caían por su espalda, moviéndose de un lado a otro. Por un momento se sintió libre, tanto como uno de los pajarillos que solían posarse en la ventana de su habitación cada mañana.

            Cuando la canción terminó, Julia miró a su abuela. Bajo el sombrero se escondía una cálida sonrisa. Era imposible describir la felicidad que aquella niña llegaba a hacerle sentir …  

domingo, 1 de septiembre de 2013

            Giré la llave despacio y empujé suavemente la puerta. Por la rendija se colaron los últimos restos del aroma a café que cada mañana envolvía la casa. La puerta se cerró de golpe tras mi paso y me dejó sola en aquella fría habitación. Todo estaba oscuro. Abrí las ventanas, pero fuera el día era gris, y las gotas de lluvia forcejeaban contra la fuerza del viento para colarse en el salón. Destapé el piano. El roce de mis dedos con las teclas hizo emitir un sonido casi agónico que congeló mi cuerpo. Volví a cerrarlo. Ni tus gafas ni tu reloj estaban ya sobre la mesa.
           
            Mi respiración era lenta y superficial, apenas audible.

            Me dirigí hacia el dormitorio. El armario estaba vacío. Recorrí con mis dedos cada uno de sus rincones, abrí uno a uno los cajones y volví a cerrarlos. No había camisas ni pantalones. No había zapatos. Nada.

            Mis ojos empezaron a humedecerse y la habitación se cubrió de una espesa niebla. Tuve que apoyarme sobre la pared para no caer, pero mis piernas se debilitaron y resbalé hasta topar con el suelo. Abracé con fuerza mis rodillas y permanecí allí durante horas. Por mi cabeza danzaban felices los recuerdos de días pasados …

            Vuelve …



lunes, 5 de agosto de 2013

Otra vez había vuelto a despertarme la misma pesadilla que noche tras noche se colaba en mi cabeza … Encendí la luz, la almohada estaba empapada, pero en mi cara no había ni una sola lágrima, una vez más, las habías secado, como cada noche, sin que yo me diera cuenta …
El miedo a quedarme dormida se apoderó de mí e intenté mantenerme distraída. Cogí el libro que había dejado en la mesita. Una página, dos, tres, … Miré el reloj, quedaban casi cinco horas para levantarme. Salí al comedor y me tumbé en el sofá. La luz de las farolas se colaba por la rendija de la ventana. Algo suave rozó mi cara, mi cuello, mis brazos, … Empecé a acurrucarme. Las caricias eran cada vez más intensas y el contacto de tu piel con la mía hizo que me estremeciera. Me dejé caer sobre tu cuerpo, mientras me susurrabas algo al oído. Mis párpados empezaron a pesar demasiado, intenté sujetarlos con fuerza, pero resultó imposible. El miedo había huido y una sensación de paz invadía todo mi cuerpo.

El agua se deslizaba a través de los canales, recorriendo jardines llenos de flores. Fuentes, columnas, arcos, techos, … Palacios llenos de historia, miles de corazones latiendo aún entre aquellas paredes …
Dos copas de vino esperaban pacientes en la mesa, mientras nuestros pasos se deslizaban lentamente sobre el parqué. Un acordeón, un violín … Mis ojos grababan con fuerza la belleza de tu sonrisa. Hacía tiempo que no me sentía tan bien.

Volviste a acariciarme la cara, a recogerme el pelo.

Era una cálida noche del mes de julio. A un lado ella, con sus imponentes torres, al otro lado tú … La luna se deslizaba entre las nubes, mientras me embriagabas con tu apasionante voz …
No me dejes despertar, quiero volver a escuchar aquel piano mientras acaricio tus dedos, quiero ver esas estanterías llenas de libros una y otra vez, quiero hacer girar el tocadiscos tumbada a tu lado…

-          Descansa mi niña, éste es sólo el comienzo de un largo sueño …

viernes, 29 de marzo de 2013


El sonido de miles de cristales golpeando contra el suelo de la cocina consiguieron sacarme, de un golpe, del estado de ensoñación en el que me encontraba. Estaba tan acostumbrada a estar sola en casa que cualquier ruido diferente al que producía el sistema de engranajes del ascensor, despertaba en mí cierto desasosiego.
            Con pasos temblorosos recorrí los escasos metros que me separaban de la cocina. La ventana estaba abierta, la fuerza del viento la había hecho golpear contra el jarrón de cristal. Las rosas esparcidas por el suelo, el agua deslizándose entre las baldosas, alcanzando, casi, mis pies desnudos. Intenté cerrar la ventana, pero no pude. Miré hacia fuera, todo estaba oscuro, los árboles sacudían sus ramas ferozmente.

Habías estado allí, otra vez habías vuelto.

Salí a la calle y empecé a caminar. Apenas podía distinguir bien el sendero del bosque. De vez en cuando, la luna salía de entre las nubes. Al principio no lo noté, pero poco a poco la humedad del suelo iba calando mis pies y entumeciendo mi cuerpo. Aparté varias de las ramas que se cruzaban en el camino y logré abrirme paso entre ellas. El viento chocaba fuertemente contra mi cuerpo débil, me agarré con fuerza al tronco de un árbol y permanecí así hasta que mis músculos se fueron relajando y me hicieron resbalar hasta tocar el suelo. Una pequeña herida en la mejilla. Traté de levantarme, pero mi vestido se enganchó y volví a caer. Casi no podía sentir mi cuerpo, tenía los pies ensangrentados y la cara llena de lágrimas.

No debiste venir, nunca debiste acercarte.

Tenía que salir de allí. De un tirón rajé el trozo de vestido enganchado y volví a ponerme en pie. Empezaba a amanecer y el viento había ido amainando. Sequé mis lágrimas y retomé el camino. Un paso tras otro. Apenas sentía dolor, mis piernas volvieron a recuperar su fuerza. El primer rayo de sol empezaba a colarse entre los árboles, rozando suavemente mi cara. 

Ya no estabas allí, no permitiré que vuelvas.

Llegué a lo más alto del acantilado y me senté en una roca. Las olas del mar se aproximaban sigilosas a la orilla, cubriendo dulcemente la arena de la playa. El fuerte viento de la noche anterior se había convertido en una agradable brisa. No escuché tus pasos aproximarse, sólo sentí la calidez de tu abrigo cubriendo mi espalda y tus manos acariciando mi cara con ternura. Me estremecí. Llevaba tanto tiempo         esperándote … 


lunes, 21 de enero de 2013


Una pequeña brisa perturbó el acompasado baile de la llama del fuego, haciéndola oscilar, titubeante, en varias direcciones. Mientras, la aguja recorría sigilosa los surcos del disco que había comprado el día anterior. Recogí mi pelo torpemente y abroché los botones de una chaqueta ya gastada por el tiempo. 
La taza se deslizaba entre tus dedos, apurando la última gota de café. Había pasado tanto tiempo …
Me senté en el sofá, apoyando la cabeza sobre tu hombro, mientras tú cubrías mi cuerpo helado con una manta.
Poco importaban el aire que trasladaba las hojas de un lado a otro del parque, las voces de los niños que corrían alrededor de la fuente o el ladrido de los perros …
- No digas nada, deja que las dulces notas de esta sonata se cuelen en mis oídos mientras siento el calor de tu cuerpo junto al mío. No permitas que tus labios dejen escapar esas palabras … Mañana volverán las luces, mañana saldremos de nuevo a la calle, tú a tu vida y yo a la mía, fingiremos incluso no habernos conocido nunca. Pero hoy no, hoy estamos solos, tú y yo …- 

miércoles, 10 de octubre de 2012


Abrí los ojos de golpe, todo estaba oscuro a mi alrededor. La humedad se colaba por cada grieta de la habitación. Intenté levantarme de la cama, pero mis piernas comenzaron a tambalearse y tuve que agarrarme antes de acabar desplomada en el suelo. La lamparilla desprendía una tenue luz, casi tenebrosa. Me envolví en la manta roja que cubría la cama y me dejé arrastrar hasta la ventana. Mi cuerpo pesaba como si sobre él hubieran depositado toneladas del metal más pesado. La madera chirrió y de pronto todo se iluminó. Las motitas de polvo flotaban en el ambiente, ajenas al desorden. Me senté en el hueco de la ventana. Había vuelto a nevar, era la tercera vez en lo que iba de semana. La verja estaba abierta, con la mirada seguí la dirección de las huellas que había en el camino. Sus pequeños pies…, seguro que Hugo había vuelto a colarse en el jardín mientras yo dormía. Adoraba a aquel niño, me encantaba sentarme con él y contarle miles de historias sobre bosques encantados, animales feroces y seres fantásticos que él escuchaba con tanta atención que parecía estar viviéndolo en ese mismo instante. A veces me preguntaba si lo hacía por complacer a Hugo o si era yo la que realmente necesitaba escucharlas. 
Miré hacia la habitación. De la percha colgaban mi abrigo y el gorro de lana que Paula me había regalado por mi cumpleaños. Junto a ella había una mesa pequeña sobre la que descansaban, apilados, decenas de libros.
Traté de acomodar la manta a mi cuerpo. Estaba helada y sentía como si alguien apretara mi cabeza contra la pared. De nuevo, la habitación comenzó a borrarse …  

miércoles, 22 de agosto de 2012


El suave tintineo de la campanilla anunció su llegada.  Julia se quitó los guantes mientras esperaba     que tras el mostrador apareciera, como cada día, el señor Martín. 
-          ¡Buenos días, señorita Julia! ¿Qué va a ser, lo de todos los días?
-          Sí, señor Martín, me niego a dejar de saborear sus bollos de pan crujiente, ya sabe usted que son mi perdición.
-          Usted siempre tan atenta señorita Julia. Pues he oído decir por ahí que no se le da mal la repostería, quizás podría echarnos una mano.
-          ¡Uy!, dudo yo que la calidad de mis dulces se atreva siquiera a mirar de lejos a los suyos.
-          Bueno, eso habría que verlo. Aún así, si se cansa de trabajar siempre frente a su máquina de escribir, en esas oficinas repletas de libros y papeles, no olvide mi oferta. 
Julia sonrió, no era la primera vez que el señor Martín le ofrecía trabajo en su panadería.
-          Lo tendré en cuenta, señor Martín. ¡Muchas gracias y hasta mañana!

Adoraba al señor Martín, lo conocía desde que era pequeña. Cada mañana, iba con su madre a recoger el pan a la vuelta del colegio y, no eran escasas las ocasiones en las que le regalaba magdalenas cubiertas de chocolate recién hecho.   
La casa de Julia no quedaba muy lejos de la panadería, apenas dos calles más allá, pero el fuerte viento y las gotas de lluvia que empezaron a caer, hicieron que el camino pareciera eterno. Giró la llave y la puerta se abrió, dando paso a un pequeño recibidor. Un agradable aroma a canela envolvía la estancia. El día anterior, Julia había estado preparando galletas. Tal y como había dicho el señor Martín, era una amante de la repostería y, siempre que tenía tiempo libre, se metía en la cocina y preparaba cualquier cosa que se le ocurriera.

-          No sé para qué hago esto – decía al terminar – ¡ahora quién se lo va a comer!

Desde que su madre murió, Julia vivía sola en un pequeño piso antiguo, pero siempre se había sentido como en familia. Justo enfrente de ella vivía Clara, una anciana adorable que rondaba los ochenta y cinco años, pero que parecía tener menos de treinta. Clara tenía una hija, pero se negaba a abandonar su casa, le gustaba saber que aún podía hacer las cosas por sí misma, sin ningún tipo de ayuda. Más arriba, en el quinto piso, vivía un matrimonio joven con dos pequeños de cuatro y seis años, Pablo y Quique. A Julia le encantaban los niños, siempre que podía jugaba con ellos y los llevaba de paseo.

Cuando terminaba de cocinar, repartía los dulces entre los pequeños y la señora Clara.
-          Si sigues alimentándome así de bien, acabaré por no poder pasar por la puerta – decía la señora Clara.
-          No exagere, Clara, usted está estupenda, siempre lo ha estado.

Clara era una mujer de estatura más bien baja, pero muy delgada. Tenía el pelo blanco y bastante abundante, siempre lo llevaba muy bien peinado. Sus ojos eran de un azul tan profundo que parecía como si al mirarlos, un trocito de mar se estuviera exponiendo ante ti.
Algunas tardes, iba a casa de Clara a tomar el té. La casa era muy acogedora,  estaba llena de todo tipo de plantas, pero Julia tenía su rincón preferido en ella. Era una especie de hexágono que se prolongaba al fondo del salón, completamente rodeado de grandes ventanales de madera blanca por donde se colaban los rayos del sol en los días de primavera, con una gran multitud de plantas. Pegado a uno de los ventanales había una máquina de coser. Había pertenecido a la madre de Clara muchos años atrás, pero tras su muerte pasó a ser suya. En el centro del hexágono, una mesa de hierro blanca, con sus sillones a juego, donde pasaban las horas conversando, o simplemente observando la ciudad que se extendía a sus pies mientras sus tazas humeaban y el dulce sabor a galletas o bizcochos recién hechos despertaba sigilosamente su  paladar …   
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domingo, 22 de julio de 2012


Ya no puedo hacer nada, ahora no, no es el momento. Tampoco lo hice antes, dejé pasar los días, como si no hubiera nada que perder, como si lo que más añoraría después no estuviera en juego. Me dediqué a soñar, a imaginar lo que no era capaz de conseguir, o mejor, lo que pensé que no estaría a mi alcance. Cuando me di cuenta de su proximidad ya era tarde, otra vez había vuelto a perder la partida …